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XXV



Aquella noche, la atmósfera de la casa estaba muy pesada, el aire estaba tan espeso  que debía ser apartado con las manos para poder caminar. Ella trato de serenarse y después de tomar un largo baño se deslizó bajo las sábanas.
Su cuarto estaba junto al de su mamá, y las camas estaban ubicadas de manera que las cabeceras se encontraban separadas por la pared común de las habitaciones.
Hace varios días que Marisela escuchaba ruidos y sentía la pesadez del ambiente, pero para su desgracia sólo ella sentía todas esas cosas. Cuando hacía algún comentario, su familia se reía y la llamaba loca.
Avanzada la noche, escuchó pasos dentro de su cuarto y sintió que alguien se sentaba sobre la cama. 
Pensó que era su madre que  la acompañaba a dormir para que se tranquilizara, así que se arrimó un poco, dejando un espacio para que la señora se acostara.
Cinco minutos después preguntó, ¿Mamá, apagaste la luz de la cocina? Y escuchó la respuesta de la doña desde el otro lado del muro.
Marisela quedó paralizada y el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho, pero sacó fuerzas para saltar de la cama.Cuando levanto la mirada observó a un hombre rubio  sentado en el borde del colchón y  en ese momento se levantó, siempre dándole la espalda, para salir de la habitación.
Al amanecer, un poco más tranquila, se levantó hacia el baño y mientras cepillaba sus dientes sintió un escalofrío que le recorría la espalda y un peso sobre los hombros. Encontró en el espejo, el reflejo de un rostro con ojos color amarillo intenso y una mano pálida apoyada en su hombro.
Desde ese día ella deambula por la casa como una sombra, sus labios parecen sellados, jamás volvió a pronunciar palabra alguna.

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