Nadie más derramaba una sola lágrima,
aunque la expresión de sus rostros era bastante triste. El único que lloraba
era él.
Sentía un calor sofocante y detestaba el color del paltó que tenía
puesto.
La habitación estaba bien iluminada, todos conversaban en voz baja y ella hablaba con un tipo
que se acercaba lo suficiente para desatar un ataque de celos, pero por el
contrario fue una tristeza aun mayor la que lo embargó, renovándose su llanto.
Cuando logró
calmarse, empezó a sentir un terrible escozor en la pierna derecha. Por más que trataba estirar su mano, se le hacia imposible rascarse. En ese momento vió que su madre se acercaba, pero cuando iba a pedirle ayuda, en ese preciso momento, alguien cerró la tapa del
ataúd.
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