¿Cuántas veces
había visto salir el sol entre aquellas montañas? Siempre se repetía el mismo espectáculo y sin embargo cada día
tenía su magia. La luz bañaba las faldas de las montañas y calentaba lentamente
su cuerpo rígido.
Esperaba siempre
aquel momento en el que se sentía parte del paisaje, perdido entre el verdor de
los maizales. Entonces valía la pena
existir, ya no le molestaba el picoteo de los pájaros, ni que jugaran con su
viejo sombrero.
No todo era
siempre perfecto, a veces amanecía nublado, y Horacio no podía presenciar su
espectáculo. Eran días tristes y opacos, pero en algún momento se dejaba
filtrar algún rayo de sol entre las nubes, regalando ráfagas de calor.
Siempre que
recuerdo a Horacio me asombra que sea más humano que muchos hombres, siendo un
simple espantapájaros.

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