Abrí la puerta y me asomé a la calle
vacía, apenas cerré la reja a mis espaldas, levanté la mirada hacia un cielo de
nubarrones negros, mientras sentía una ráfaga de brisa fría con la que me
saludaba el nuevo día. Me abotoné los puños de la camisa y tomé rumbo a la
parada del autobús. Un par de perros callejeros comenzó a ladrar y enseñarme
los dientes.
Apenas llegue a la parada, una fina
llovizna comenzó a caer sobre la ciudad. En ese momento, un señor muy delgado
que estaba junto a mi, abrió un paraguas y lo compartió con una niña que se
abrazaba a su pierna. En cuestión de segundos la llovizna se tornó en aguacero
y el hombre del paraguas llamó un taxi y lo abordo junto a la pequeña.
Esperé cinco minutos, maldiciendo al
alcalde y sus ancestros, por la ausencia de techo en la parada, luego me
resigné a mojarme y comencé a caminar bajo la lluvia.
Pensé en regresar a casa, pero preferí
seguir caminando, en ese momento paso junto a mí el autobús a toda velocidad y
comencé a reír a carcajadas bajo la
lluvia, mientras se alejaba.
Cruzando la calle, resbalé y caí
sentado con las manos en el asfalto. Observé entonces unas luces que se acercaban.
No logro recordar que paso después,
por más que lo intento; mientras cierro la reja y levanto la mirada hacia un
cielo con nubarrones negros y siento una ráfaga de brisa fría con la que me
saluda el nuevo día.
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