Esa mañana se levantó sabiendo que era
el día de su muerte, pero nadie podía sospecharlo, pues su comportamiento hasta
medio día fue el mismo de todos los días.
Apenas despertó,
tomó un baño, se puso su bata de flores azules y fue a la cocina a preparar el
café. Escuchó cuando me vestía en el cuarto y gritó, ¡muchacho, no te vayas sin
tomar por lo menos un buche de café!
Tenía un hermoso
rostro, marcado por los surcos que se encargan de hacer los años, rematado por
unos grandes ojos aguarapaos y su sonrisa de matrona.
Hace pocos meses
se había cortado el cabello, que usaba antes como un a larga capa blanca.
Recuerdo como me columpiaba sobre su bata cuando, aún siendo un niño, me sentaba en sus piernas, mientras me acariciaba con sus manos de pilón y latas de agua.
Terminé de
vestirme y fui a la cocina a desayunar. Al regresar del trabajo, la
encontré radiante y con una tranquilidad que ahora me pone los pelos de punta. Nos dimos un largo abrazo y fuimos al patio. Me pidió que no dejara
que se secaran sus maticas y que no llorara, que ella se iba en
paz y sin rencores. Entonces puso en mis manos un sobre lleno de cartas para sus seres queridos. Pensé que era un ataque de nostalgia.
La vi entrar a su cuarto. Minutos después, entré y la encontré tendida en la cama. Ya se había ido, pero sus ojos seguían abiertos.
Esa misma tarde,
desfilaron frente a su cama cada uno de sus hijos y nietos, dándole un beso en
la frente. Sólo entonces cerró los ojos.
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