Me siento ante el papel, firmemente decidido a
plasmar en él, una historia de esas que me son propias y ajenas a la vez.
Tengo algunos minutos pensando en un buen título,
pero los pocos que se me ocurren no me parecen adecuados y entonces decido
empezar a escribir dejándolo para el final.
Garrapateo las primeras palabras en el papel,
mientras viene a mi mente la imagen de una niña en un pueblo muy al sur
(tan al sur que empiezo a sentir frío), jugando a la “rayuela” en el patio
común de varios edificios.
La chiquilla es observada desde una ventana por un
joven de rostro melancólico, saltando entre las líneas en el suelo. De repente
aparece aquel muchacho atravesando el patio, llevando en sus manos una rosa
blanca y entregándosela a la niña. Sólo entonces observo aquel rostro coronado
por unos enormes ojos café, iluminados mientras sostiene la flor que le acaban
de obsequiar y la acerca a su nariz.
Tengo una agradable sensación de tranquilidad y una
palabra se repite en mi cabeza, respiro profundo y digo en voz alta, Silvia.
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