Es un pequeño
pueblo cuyo nombre no se pronunciar y mucho menos me atrevo a escribir. En ese
lugar sólo se respira paz, en las tardes se observan, arrodillados y coloreados
por el ocaso, una fila de gigantes verdes que el hombre llama montañas.
Desde allí, siempre se puede disfrutar de la maravilla de observar a
la “llamarada de Whithman” zambullirse en el océano.
Un espacio donde
no hay lugar para rencores inútiles, odios ni gritos. Donde el hombre no somete
a nada ni a nadie a sus designios, cada elemento de este lugar, posea o no
vida, se complementa con los demás, sin hacer daño a sus vecinos.
Si existe este
lugar en algún confín del universo, estoy casi seguro que el camino para llegar
hasta allí sólo puede encontrarse fuera
de este laberinto que llamamos vida.

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