Una tarde, mientras daba un paseo por
las orillas del río, vi a una niña de ojos grandes que sentada sobre una enorme piedra observaba con una amplia sonrisa el atardecer.
Muchas veces la
miré y seguí mi camino, pero un día le pregunté
si podía sentarme junto a ella. Siempre sonriendo, asintió con la cabeza mientras me cedía un espacio en la piedra.
Estuvimos sentados, uno al lado del
otro mientras me describía paso a paso los cambios de color del cielo.
Todas las tardes,
a partir de ese día la pequeña niña y yo, observamos el atardecer.
Nos acostumbramos
a conversar con la mirada fija hacia el poniente. Así supe que amaba a las ballenas y que su cuarto estaba lleno de ellas (en dibujos por supuesto).
Una de aquellas tardes, mientras le
contaba sobre el reflejo del sol sobre el agua, se llevó el índice a los labios
y me dijo, silencio, este es el momento en que se ven los colores más bonitos
sobre las nubes. Y era cierto.
La invité a cerrar
los ojos y respirar profundo. Piensa en lo más hermoso que tengas
sobre este mundo y mas allá. En el momento en que sientas que se te eriza
la piel, abre los ojos y lanza tu mirada hacia el infinito. Entonces me dio un abrazo y luego se marchó.
Mientras se
alejaba recordé que no le había preguntado su nombre y aunque nunca supe
porque, decidí llamar Julia a esa niña a quien enseñé a tocar el cielo con los
ojos.
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