Me levanté de un salto, toda la casa
estaba a oscuras y el pasillo tenía un aspecto tenebroso. Apenas mis ojos se
acostumbraron a la oscuridad pude observarlo.
Estaba en ropa interior y balbuceaba
palabras incomprensibles, mientras avanzaba dando tumbos en la penumbra. De
repente se detuvo para luego correr por toda la casa, llorando.
Levantó los muebles, abrió las
gavetas, rompió un jarrón y los trozos
le hirieron las plantas de los pies. En ese momento lo tomé por un brazo y
recibí un empujón que me lanzó al otro extremo de la habitación. Me levanté sin intenciones volver a acercarme.
Me miraba fijamente, su respiración
era entrecortada. Corrió hacia mi, me apartó de un manotón y de un salto subió
a la reja del balcón. Cerró los ventanales y se quedo allí, suspendido a ocho
pisos del suelo de concreto, sentado y aferrado a los barrotes mientras
dibujaba con sus dedos en el vidrio.
Fue entonces cuando de un salto, caí al suelo, golpeándome con el sofá.
Mi ropa estaba empapada en sudor y sentía dolor en
todo el cuerpo.
Hace días que se repite este sueño en el que lo veo así luego despierto en la sala, entre vidrios
rotos y papeles.
Esta mañana, decidí no recoger el
desorden, me lavé la cara y luego de vestirme, salí a caminar por la avenida.
Voy contando mis pasos y pensando quien sabe que tontería, sólo cuando empiezo a notar las miradas indiscretas de la gente, comprendo que les molesta mi costumbre de hablar solo y en voz alta mientras camino. Así que decido seguir mi camino en silencio, pero no puedo hacerlo por mucho tiempo.
Cuando pienso o hablo en voz baja, las
palabras se repiten una y otra vez dentro de mi cabeza. Creo que el doctor
García lo llama “eco del pensamiento”, entonces comienzo a pensar en voz alta.
Sigo caminando y siento un poco de
cansancio, pierdo la cuenta de mis pasos y sin darle importancia me detengo y
comienzo a contarlos nuevamente, mientras la gente me observa y me señala.

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