Voy
dando tumbos, entre una multitud que me molesta a rabiar, sobre la acera
no cabe una persona más y siento que soy empujado por el caudal humano más que
por mis piernas. El calor es intolerable, son las dos de la tarde y no
he probado bocado.
Al llegar a la esquina no observo la
luz roja del semáforo peatonal y sigo caminando, disfrutando del primer
instante en que no esta nadie cerca de mi en un radio de un metro , hasta que
escucho el estruendo de la corneta de un carro y luego de voltear, apenas tengo
tiempo de saltar para caer sobre el parabrisas y encontrarme con la mirada iracunda
del chofer, quien aspira enormes bocanadas de aire en las pausas que hace entre
cada maldición que dirige en mi contra. Después de bajarme, sigo mi camino,
riendo por vez primera en el día.
Casi sin percatarme estoy frente a la
puerta del edificio. Subo jadeando las escaleras y después de quince
minutos y tres aplicaciones del inhalador llego a mi apartamento, si puede
llamarse así a una sola pieza que sirve de sala, comedor, dormitorio y cocina,
junto a la que se encuentra el pequeño baño(que también es sala de lectura,
lavandero y cuarto de meditación).
Me quito la camisa y los zapatos, bebo
un poco de agua y me tiendo sobre la cama boca arriba, mientras suelto una
sonora risotada al recordar el rostro del chofer.
Intento usar la cocina y no funciona,
por lo que me preparo un sándwich. Todavía masticando, tomo una ducha.
Pienso en dormir unos minutos pero el
reloj me dice que debo regresar al trabajo, me visto cierro la puerta y minutos
después me dejo arrastrar por el caudal humano en dirección contraria.
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