Allí
estaba, como todas las tardes después de las cinco, con la frente apoyada
en las rejas y observando lo que sucedía en la calle.
Aquel día
me sentía un poco más alegre que de costumbre y con la mirada fija en la
vidriera de la tienda, sin pensar en nada concreto, dirigí la vista hacia un
punto cualquiera y vi a un niño correteando junto a un perro.
Apareció una joven pareja, que agarrados de la mano sonreían y parecían flotar
en lugar de caminar. Me alegre mucho al verlos, pero de inmediato me
invadió tu recuerdo.
Gire el
rostro hacia mi mano pálida sin la tuya, maldiciendo mil veces mi
estupidez y tu cobardía.
Fue
entonces cuando escuché el llanto desesperado de una mujer alta y demacrada que
gritaba con las manos en la cabeza. Aquella mujer corría de un lado a otro, sin
rumbo, empujada por una gran desesperación.
Luego de
varios minutos se calmó y comenzó a caminar lentamente desde una esquina a
la otra, como cumpliendo un ritual y aproveché ese momento para observarla
con detalle. Tenía un vestido largo y desgastado, caminaba
encorvada con la mirada extraviada. Su piel estaba muy tostada por el sol.
La expresión de su rostro era de derrota y transmitía una angustiante
resignación
Me
impactó tanto su tristeza que tuve la necesidad imperiosa de cruzar la calle y consolarla,
pero al poner mis manos en las rejas del portón, recordé estaba cerrado con
llave desde las cinco, y aunque estuviese abierta, no tenemos permitido bajo
ningún concepto salir del cementerio.

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