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Sombra



Ya habían transcurrido tres días, tal vez más, desde que aquel hombre no podía dormir. La preocupación no le permite descansar y sólo en las noches podía lograr su cometido.
Esteban Arzola únicamente vivía para deshacerse de su sombra. No la soportaba más, estaba harto de lo siguiera a todos lados y le hacía temblar de rabia la forma absurda en que remedaba sus movimientos.
Lo había intentado todo, una tarde mientras pasaba el tren de las cuatro, se coloco de espaldas al sol y proyectó a su indeseable compañera sobre los rieles e impacientemente esperó que pasaran uno a uno los vagones, pero su sombra esta allí como si nada, sin rastros de polvo.
Durante un tiempo salió de noche, pensando que así podría evadirla, pero cada vez que se acercaba a un farol, ella volvía a aparecer, riéndose a carcajadas del pobre Esteban.
Hace varios días que está encerrado en su casa, con todas las puertas y ventanas bien cerradas, durante las noches no enciende la luz.
Ayer fui a visitarlo y lo encontré más pálido que nunca. Con el rostro demacrado me contó que había ideado la forma definitiva de solucionar su problema y hasta sonrió.
Esta mañana, aturdido por los rayos del sol, se dirigió a uno de los edificios cercanos a su casa, subió a la azotea y se colocó en el borde. Su plan era fingir que iba a saltar y en ese instante empujarla al vacío, pero se resbaló y cayó en medio de la calle.
Ahora me encuentro en su entierro y mientras su madre llora desconsoladamente, me pregunto si donde fue Esteban lo habrá seguido su sombra.

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