Desde que aprendió a caminar había
recorrido aquellos montes con sus pies desnudos. Recorrió planicies congeladas, ásperos peñascos y suaves arenales.
Un día cuando bajó al pueblo a vender
su cosecha, apenas llegó lo tomó por el brazo un gendarme y le
mostró un cartel en la pared. El se encogió de hombros, lo miró fijamente y le dijo, no se leer.
Aquel hombrecillo de uniforme azul
y botas
lustradas se sintió burlado y lo metió en el calabozo.
Luego de varias horas de encierro, le leyeron en voz alta.
“El
excelentísimo alcalde decreta, hoy 18 de agosto del año en curso:
CONSIDERANDO:
Que nuestro municipio debe encontrarse a la vanguardia de los cambios impuestos por una sociedad
civilizada y culta, donde deben reinar las buenas costumbres y la mejor
educación.
SE
DECRETA: Que a partir de este día ningún ciudadano, originario o no de este
municipio, podrá transitar por las
calles del mismo sin portar calzado. De lo contrario pagará pena de 48 días de
prisión

¡Publíquese y
obedézcase!
En ese momento observó fijamente
sus pies desnudos y reclamó lo que consideraba injusto, el jamás había usado zapatos y no los necesitaba. Además ningún alcalde prepotente iba
obligarlo a hacer lo que no quería.
Pero sólo logró pasar en la celda un día más de lo previsto, por ofensa a la autoridad.
Pudo ver entonces el denigrante
espectáculo de sus hermanos haciendo fila para recibir un par de
zapatos por 10 monedas.
Tembló de rabia al verlos caminar incómodos y torcidos
con sus pies calzados, con la mirada en el piso.
Al regresar con su gente, conversó con
los ancianos, los conminó a negarse a aceptar el decreto, pero no fue
escuchado, asombrado escucho a los ancianos pedirle que se calmara.
Murió de viejo y descalzo.
Jamás volvió al pueblo.
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