“Sólo el amor engendra la maravilla”
Antes de separarse de ella, le quita los zarcillos. Siente un
ligero temblor en la mano izquierda, mientras observa los aretes de nácar antes
de dejarlos dentro del bolsillo de su pantalón.
Camina una y otra vez de un extremo al otro del pasillo,
hasta que el dolor en la rodilla lo hace empezar a cojear.
Una hora antes, ambos entraron en el quirófano y hasta ese
momento nadie había salido a informarle nada.
En su camino interminable, pasa una y otra vez por la entrada
de una pequeña capilla, pero se limita a observar de reojo la cruz pegada a la
pared.
Hace tantos años que ha renunciado a toda idea religiosa, lo
que irónicamente le permite estar más calmado.
Cuando el dolor en la rodilla se hace más fuerte, se sienta
en una vieja silla metálica.
En ese momento, cae en
cuenta de que lleva dos días sin cambiarse de ropa.
Unos minutos después, observa la figura de un hombre que se
acerca, preguntando por algún familiar de Ella.
Se levanta con el brazo en alto y camina.
Luego de eso no recuerda nada más. Sólo logra traer a su
memoria, con grandes esfuerzos, el momento en que se llevó dos dedos a los
labios, para luego dejarlos reposar por un leve instante en aquella frente
pequeña y gélida, cubierta a medias por un mechón de cabello color café
Como si fuese un reflejo del recuerdo de aquel frio, mete sus
manos en los bolsillos del pantalón.
Al sacar las manos, tiene sobre su palma izquierda, aquellos
zarcillos de nácar.
Amándote sempiternamente
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