Clavaba la mirada en aquella mancha en el techo raso durante horas, perdido en sus cavilaciones. Su pulso se aceleraba y la piel se le erizaba. El temblor de las piernas era incontrolable y en su estómago
se formaba un vacío desagradable.
Se desesperaba y una sensación de
impotencia lo embargaba.
Muchas veces había cruzado por su
mente la idea del suicidio, tan sólo para descansar de ese martirio.
Todas las mañanas, apenas despertaba, un terrible dolor le recorría la columna vertebral y los ojos se le llenaban de
lágrimas.
Pero cada vez que sentía estar cerca de tomar aquella desición definitiva, respiraba profundamente y se obligaba a calmarse.
Después de todo el dolor empezaba a pasar poco
a poco y entonces volvía a concentrarse en aquella mancha en el techo raso,
perdido en sus cavilaciones.
Comentarios
Publicar un comentario