Era un lugar lo
suficientemente lúgubre como para hacer difícil su descripción, una pequeña
abertura era la entrada al cuartucho. Había toda clase de inmundicias regadas
por el suelo, el techo estaba formado por varias vigas de madera que podían
desplomarse en cualquier momento. Sobre ellas descansaban restos de palmas
entre las que se observaba un cielo atiborrado de estrellas y se colaba un
viento helado que calaba hasta los huesos. En una esquina se encontraban los
restos de un fogón que estoy seguro no había sido encendido en mucho tiempo.
Me llevó hasta allí un tipo con un rostro muy acorde al
paisaje.
Lo que me impresionaba era la tranquilidad que sentía en ese momento,
no tenía temor alguno.
El hombre me condujo a empujones hasta el centro del
rancho, estaba fuera de si y me golpeaba con todas sus fuerzas, pero yo no me
inmutaba en lo absoluto y era entonces cuando la ronda de puñetazos y patadas
se reanudaba con mayor ímpetu, hasta que no pudo lanzar más golpes y se desplomó
en el piso, mientras yo me levantaba, con la ropa tan limpia como cuando llegué, soltando una carcajada.
Luego de mirarme largo rato, salió de allí.
Segundos después, cuando me supe a solas,
empecé a sentir dolor en todo el cuerpo. Vi mi ropa hecha
jirones. Estaba sucio y lleno de moretones. Comencé a sangrar por la nariz y el frío
se volvió insoportable.
Aquí me encuentro todavía, no se
cuanto tiempo ha pasado. No he podido salir de este sitio y, sinceramente, creo
que ya no me quiero ir.

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