Era un lugar lo suficientemente lúgubre como para hacer difícil su descripción, una pequeña abertura era la entrada al cuartucho. Había toda clase de inmundicias regadas por el suelo, el techo estaba formado por varias vigas de madera que podían desplomarse en cualquier momento. Sobre ellas descansaban restos de palmas entre las que se observaba un cielo atiborrado de estrellas y se colaba un viento helado que calaba hasta los huesos. En una esquina se encontraban los restos de un fogón que estoy seguro no había sido encendido en mucho tiempo. Me llevó hasta allí un tipo con un rostro muy acorde al paisaje. Lo que me impresionaba era la tranquilidad que sentía en ese momento, no tenía temor alguno . El hombre me condujo a empujones hasta el centro del rancho, estaba fuera de si y me golpeaba con todas sus fuerzas, pero yo no me inmutaba en lo absoluto y era entonces cuando la ronda de puñetazos y patadas se reanudaba con mayor ímpetu, hasta que no ...