(A Gabriel Lisboa)
Hoy desperté con ganas de llorar, si me preguntas porque razón,
sólo puedo responderte que tengo tantas y tan pocas razones para
sentirme así que únicamente puedo decir, no sé.
Lo que tienes es nostalgia, me dice Gabriel, esbozando una sonrisa
que me hace rabiar de envidia. Que va compa, le respondo, la cosa no
es tan sencilla.
Ayer en la tarde me senté en los muros de aquel parquecito del
pueblo, donde corría con los primos en la infancia. Tenía más de
una hora observando los árboles, mientras escuchaba los carros que
iban y venían por la avenida, cuando observé un gran caballo
rucio. Era imponente aquel animal, trotando entre los árboles.
En ese
momento sentí una mano sobre mi hombro y giré la cabeza para
observar a Gabriel restregándome otra vez aquella sonrisa en la
cara.
Vamos a agarrar aquel caballo compa, le dije.
¿Cual caballo? preguntó curioso. Aquel rucio que está entre los árboles, respondí
ansioso.
Gabriel miró unos minutos en esa dirección y me dijo, luego de unos instantes, vamos a la casa a buscar unos
mecates y regresamos a buscarlo.
Corrimos a la casa y apenas entramos cerró la puerta con llave y me
empujó sobre una silla.
¿Que pasa
contigo?, le grité y de inmediato me respondió que entre los árboles
no había nada y si seguía con esos inventos no saldría más sin
compañía de la casa.
Luego de pasar la rabia, decidí preparar
algo de comer para pasar el mal rato.
Así que aquí estoy, al final del día, sentado en la cocina con las
mismas ganas de llorar con las que desperté. Mientras el gran
carajo de Gabriel me cuenta algo que no termino de comprender.
Cuando se da cuenta que no le presto atención me dice, lo que tienes
es nostalgia viejo y le repito por enésima vez, que va compa la
cosa no es tan sencilla.

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