Confieso con toda sinceridad que no existe para mi sensación más
placentera que sumergirme en el silencio.
La imagen de un cuarto
completamente vacío y con las puertas cerradas, me llena de paz.
Pero desde hace unas semanas, no ha sido posible para mí disfrutar de
este privilegio. Cada vez que me dispongo a disfrutar de la dicha de
estar solo y en silencio, algún impertinente aparece de la nada a
interrumpirme. En esos casos procuro disimular mi indignación para
no parecer maleducado y esbozar la más fingida de mis sonrisas para
entablar conversación con el intruso.
El último encuentro que recuerdo fue con una señora entrada en años
que hablaba sin parar y mientras trataba de seguir su monólogo, no
podía dejar de fijar mi vista en su cuello, en el que una enorme
verruga subía y bajaba al ritmo de la vibración de sus cuerdas
vocales. Aún siento escalofríos al contarlo.
Lo cierto es que hace mucho tiempo que no lograba sumergirme en mi
añorado silencio. Sin embargo hoy, meciéndome boca arriba en el
chinchorro con los ojos cerrados y luego de un dolor punzante en mis
sienes, logré durante unos minutos maravillosos volver a escuchar
aquel zumbido casi imperceptible e hipnotizador que invade mis oídos
durante la ausencia de esos desagradables sonidos que nos rodean por
doquier. Lamentablemente esos instantes fueron los únicos que logre
disfrutar a plenitud, porque les aseguro que no tienen ustedes la
menor de idea cuan ruidoso es el más allá.
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