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25 AÑOS DESPUES


Cada vez que llegaban las vacaciones me sentía muy feliz, porque podía volver a La Porfía.
 Pasaba todo el año esperando esos dias de sol, leche tibia recién ordeñada y  los abrazos de mi abuela. Me levantaba bien temprano y salía hacia el corral con la olla que luego traía llena de leche para el desayuno. 


Apenas terminaba de comer, iba a los potreros para regresar al medio día tostado por el sol, bañado en sudor y contento. 
El momento más esperado era la llegada de Emilio y Sara. Cada vez que escuchaba el ruido de algún carro por el camino, corría a asomarme al portón esperando que fuesen ellos. Luego que bajaban del carro, comenzaban nuestras  aventuras.
La que mejor recuerdo fue cuando construimos el muelle en la orilla de la laguna, para pescar y amarrar la balsa de Jaramillo.

Desde que salíamos  de  casa iba contando cada minuto para llegar. Luego de  pasar el puente sobre el río, faltaba poco para llegar a la casa de Juan, donde dejábamos el carro de papá, porque el camino que sigue es de tierra y no podia  pasar. 
Con  las maletas nos subiamos  a la jaula del camión, nuestros padres iban adelante junto a Juan. 
Arrancaba el viejo camión y apenas entraba a la carretera, se levantaba una nube de polvo. 
Minutos después podia ver la casa grande coronando el cerro entre las lagunas, rodeada de árboles de mango, guayaba y coco.
Mis ojos se llenaban de lágrimas de alegría y saludaba a la finca como a un viejo amigo. 
Al bajar del camión, cubiertos del polvo amarillo del camino, venía corriendo José, abrazándonos a Sara y a mí. Por fin estabamos juntos otra vez.

Me sentaba sobre  las ramas del cují, que parecían hacer equilibrio, suspendidas sobre las aguas de la laguna.  Desafiando el miedo aprendido a que salga del agua una baba y me muerda los pies.
Siempre he tenido la costumbre de retar mis miedos, pero mi valentía duraba sólo unos segundos porque apenas escuchaba a una garza posándose sobre un platanillo, subia los pies aterrada.
Cuando se normalizaban los latidos de mi corazón, me acostaba sobre la rama, viendo los rayos del sol a través de las hojas. 
A veces escuchaba los pasos de José y Emilio bajando la loma desde la casa,  con sus paredes de madera y techo de zinc junto al corral de ordeño.
Se sentaban a mi lado y sin decir nada, comenzábamos a lanzar piedras al agua, hasta que la abuela nos llamaba a comer.
Subiamos a la casa,  rodeada de un amplio pasillo donde se cuelgan lo chinchorros. Al atravesar el pasillo, estaba la puerta, por donde se entra a la sala y  la cocina; luego estaba un corredor interno, con tres cuartos a cada lado y el baño en la parte de atrás.
Nos sentabamos en la mesa y en seguida llegaba la abuela con los platos de comida, sonriendo como sólo ella sabe hacerlo. Sus ojos brillantes y su rostro dulce son la razón por la que la considero la persona más maravillosa del mundo. 

Estaba cortando el cuarto tronco y la cacha del machete sacaba ampollas en las manos, Sara buscaba mecatillo para amarrar los palos y José cortaba otros a unos metros de mi, estaban listos ocho palos largos.
 Con las camisas enrolladas sobre el hombro bajo el peso de los troncos, caminabamos lentamente hacia la laguna. Era el último viaje, a pocos metros de camino, ya veia puntitos de colores y me senti mareado. Cuando lanzamos el primer tronco al agua, vimos como salian nadando decenas de alacranes. 
Sudé frío y José tuvo que pasar varios minutos insistiendo, para convencerme de continuar armando el muelle.

Emilio era pequeño para su edad y muy delgado, siempre tenía la respuesta para todas las preguntas de los adultos, pero se molestaba si lo llamaban sabelotodo. Él y José son los seres a quien más he querido, siempre me cuidaban. Recuerdo una tarde, jugando con las botas plásticas para ver quien llegaba más al centro de la laguna grande. Cuando llego mi turno, me puse las botas y empecé a caminar, mis pies se hundían más en el barro a cada paso que daba. Cuando decidí regresar no pude sacar las botas del fango, estaba atrapada a varios metros de la orilla donde los muchachos me observaban riendo. El corazón me golpeaba las costillas, comencé a gritar y en ese momento se dieron cuenta que estaba en aprietos y dejaron de reír. Me pidieron que me calmara y halara con fuerza, pero estaba petrificada de terror, imaginaba decenas de babas nadando hacia mí y solamente podía llorar y gritar.
Entonces decidieron ir por mí, me halaron con fuerza pero no podían sacarme. Emilio me pidió que intentara sacar los pies de las botas y así fue como me sacaron, cargada por sobre el agua dejando las botas en medio de la laguna.

Hace minutos que están todos comiendo, sentados en silencio en la mesa de la cocina. Alguien toca la puerta, entra saludando a José, Sara y Emilio.
Todos sonríen y responden el saludo, pero ninguno sabe que los tres recordaban en silencio y al mismo tiempo aquellos hermosos recuerdos, 25 años después.

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