Cada vez que llegaban las vacaciones me sentía muy feliz, porque podía volver a La Porfía.
Pasaba todo
el año esperando esos dias de sol,
leche tibia recién ordeñada y los abrazos de mi abuela.
Me levantaba bien temprano y salía hacia el corral con la olla que
luego traía llena de leche para el desayuno.
Apenas terminaba de
comer, iba a los potreros para regresar al medio día tostado por el
sol, bañado en sudor y contento.
El momento más esperado
era la llegada de Emilio y Sara. Cada vez que escuchaba el ruido de
algún carro por el camino, corría a asomarme al portón esperando
que fuesen ellos. Luego que bajaban
del carro, comenzaban nuestras aventuras.
La que mejor recuerdo fue cuando construimos el muelle en la orilla de la laguna, para pescar y
amarrar la balsa de Jaramillo.
Desde que salíamos de casa iba contando cada minuto para llegar. Luego de pasar el puente sobre el río, faltaba poco para llegar a la
casa de Juan, donde dejábamos el carro de papá, porque el camino
que sigue es de tierra y no podia pasar.
Con las maletas nos
subiamos a la jaula del camión, nuestros padres iban adelante junto a Juan.
Arrancaba el viejo camión y apenas entraba a la carretera, se levantaba una nube de polvo.
Minutos después podia ver la casa grande coronando el cerro entre
las lagunas, rodeada de árboles de mango, guayaba y coco.
Mis ojos
se llenaban de lágrimas de alegría y saludaba a la finca como a un
viejo amigo.
Al bajar del camión,
cubiertos del polvo amarillo del camino, venía corriendo José,
abrazándonos a Sara y a mí. Por fin estabamos juntos otra vez.
Me sentaba sobre las ramas del cují, que parecían hacer equilibrio, suspendidas
sobre las aguas de la laguna. Desafiando el miedo aprendido a que
salga del agua una baba y me muerda los pies.
Siempre he tenido la
costumbre de retar mis miedos, pero mi valentía duraba sólo unos
segundos porque apenas escuchaba a una garza posándose sobre un
platanillo, subia los pies aterrada.
Cuando se normalizaban los latidos de mi corazón, me acostaba sobre la
rama, viendo los rayos del sol a través de las hojas.
A veces escuchaba los
pasos de José y Emilio bajando la loma desde la casa, con sus paredes de madera y techo de zinc junto al corral de ordeño.
Se sentaban a mi lado y sin decir nada, comenzábamos a lanzar piedras al agua, hasta que la abuela nos llamaba a comer.
Subiamos a la casa, rodeada de un
amplio pasillo donde se cuelgan lo chinchorros. Al atravesar el
pasillo, estaba la puerta, por donde se entra a la sala y la cocina; luego estaba un corredor interno, con tres
cuartos a cada lado y el baño en la parte de atrás.
Nos sentabamos en la mesa y en seguida llegaba la abuela con los platos
de comida, sonriendo como sólo ella sabe hacerlo. Sus ojos brillantes y su rostro dulce son la razón por la que la considero la
persona más maravillosa del mundo.
Estaba cortando el cuarto tronco y la cacha del machete sacaba ampollas en las manos, Sara buscaba mecatillo para
amarrar los palos y José cortaba otros a unos metros de mi, estaban listos ocho palos largos.
Con las camisas enrolladas sobre el hombro bajo el peso de los troncos, caminabamos lentamente hacia la laguna. Era el último viaje, a pocos metros de camino, ya veia puntitos de colores y me
senti mareado. Cuando lanzamos el primer tronco al agua, vimos como
salian nadando decenas de alacranes.
Sudé frío y José tuvo que
pasar varios minutos insistiendo, para convencerme de continuar
armando el muelle.
Emilio era pequeño para su edad y muy delgado, siempre tenía la
respuesta para todas las preguntas de los adultos, pero se molestaba si lo llamaban sabelotodo. Él y José son los seres a quien más he querido,
siempre me cuidaban. Recuerdo una tarde, jugando con
las botas plásticas para ver quien llegaba más al centro de la
laguna grande. Cuando llego mi turno, me puse las botas y empecé a
caminar, mis pies se hundían más en el barro a cada paso que
daba. Cuando decidí regresar no pude sacar las botas del fango,
estaba atrapada a varios metros de la orilla donde los muchachos me
observaban riendo. El corazón me golpeaba las costillas,
comencé a gritar y en ese momento se dieron cuenta que estaba en
aprietos y dejaron de reír. Me pidieron que me calmara y halara con
fuerza, pero estaba petrificada de terror, imaginaba decenas de babas
nadando hacia mí y solamente podía llorar y gritar.
Entonces
decidieron ir por mí, me halaron con fuerza pero no podían sacarme. Emilio me pidió que intentara sacar los pies de las botas y así
fue como me sacaron, cargada por sobre el agua dejando las botas en medio de la laguna.
Hace minutos que están todos comiendo, sentados en silencio en la
mesa de la cocina. Alguien toca la puerta, entra saludando a José,
Sara y Emilio.
Todos sonríen y responden el saludo, pero ninguno sabe que los tres recordaban en silencio y al mismo tiempo aquellos hermosos recuerdos, 25 años después.

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