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MUTATIS MUTANDIS


Hasta hace tres meses era plomero de oficio, el trabajo le daba para sobrevivir y como diría el mismo, sin hijos ni mujer con tranquilidad me alcanza para comer.
Aquella tarde fue a revisar un calentador, con mala suerte y poca prevención, un tubo bastante maltrecho termina de reventarse y el chorro caliente no tiene mejor lugar donde caer que en los ojos del desventurado.
Daño irreparable en la retina y quemaduras en el rostro es el diagnóstico. Duro cambio para la vida de cualquiera, inactividad e impotencia durante los primeros días, compensada por la ayuda y compañía de los pocos amigos.


Una tarde toca un jarrón sobre la mesa y grita desesperado, ¡ven acá!
¿Qué te pasa? ¿Tienes dolor?
Dime si esto que toco es azul. Impresionado él le confirma, si viejo, es azul.
Pasa la tarde entera tocando todo y describiéndolo, llorando de alegría.
 Al día siguiente aparece el amigo con una caja de pintura, pinceles y varios lienzos, el plomero toma el pincel con curiosidad y acaricia sus cerdas, sintiendo cada hebra. Destapa las pinturas, moja sus dedos en ellas, las huele, lleno de una alegría casi infantil.
Varios meses después, está sentado frente al caballete. Su mano derecha recorre cada palmo de su rostro, mientras su mano izquierda llena de colores la tela.
Está dando los últimos detalles y luego de pintar unos grandes ojos café, por fin el plomero vuelve a ver su reflejo, ahora hecho pintor.

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