El viejo levanta los brazos con el fuego a sus
espaldas. Todos lo observan en silencio.
Cada fogata es una máquina para viajar en el
tiempo, dice mientras retumba su voz en la noche.
Ciertamente, cuando miro fijamente las llamas, soy
otra vez un niño emocionado que observa una pequeña bola de fuego que cae
sobre los troncos y enciende una llama que para mí es inmensa.
Siento el calor en mi rostro y escucho sin
pestañear las historias que cuenta el viejo (menos viejo que ahora). La
historia de esa noche es particularmente aterradora.
A las tres de la mañana se pasea Odosha con
los espíritus de la montaña, dice en voz muy baja mientras pienso en que
seguramente nadie querrá estar despierto a esa hora.
Aquella madrugada el flaco se levantó sonámbulo,
buscando su cama sin percatarse que estaba a cientos de kilómetros de ella.
Con mucha paciencia logré calmarlo y llevarlo de
regreso a dormir.
Al terminar, decido sentarme a observar los restos
de la fogata.
Mientras veo las pequeñas lenguas de fuego que
pujan por seguir encendidas, una vez más escucho la voz del Viejo invocando a
los espíritus de la montaña y nuevamente soy un hombre sentado frente a la gran
llama que cubre sus espaldas. Junto a quienes seguimos escuchando sus historias,
dentro de aquel círculo de luz y calor en la oscuridad del monte.

A mí recuerdo de Sanoja, el Viejo Lobo que llenó mi infancia de buenas historias a la luz de tantas fogatas
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