La fuerza del agua empujaba el carro mientras él dudaba si quedarse dentro o salir y quedar merced del torrente que a cada instante parecía crecer.
En medio de esa situación, se sorprendió recordando los días en que corría como un gato sobre los muros del patio con el flaco durante horas. Con un equilibrio envidiable, saltaba desde el tope del muro a la mata de Hicacos y de allí nuevamente a la pared.
Recordó la tarde en que la rama, en la que el flaco estaba acostado boca arriba, se desprendió y lo vió caer varios metros hasta quedar acostado en el piso.
Aquella tarde, bajó de la mata riendo a carcajadas mientras el flaco lo insultaba sin entender que él no se burlaba, se reía atacado por los nervios, que sólo le permitían reír mientras pensaba preocupado que el flaco se había quebrado la espalda.
Mientras estaba tendido en el suelo le gritaba molesto, ¡deja de reirte! ¡No me toques! .
Comenzó intentando mover los dedos de los pies y al ver que aún podía hacerlo respiró aliviado. Se levantó lentamente y pasaron varias semanas antes que subiera al muro.
Cuanto anhelo esas tardes corriendo por los pasillos de la casa , atravesando las grandes puertas de madera, comiendo hicacos y mango con adobo luego de estudiar.
Hoy en la tarde, pasaba frente a la vieja casa y pasé a saludar a Chon. Ahora vive sola en ese caserón.
Los años y las arrugas se notan en su cara. Me abraza con cariño después de tantos años y empezamos a recordar los tiempos en que Moises y yo corríamos y jugábamos en esos corredores.
Me cuenta por primera vez sobre el accidente y no sé porque no dejo de imaginar que lo último en que pensó mientras el agua arrastraba el carro, fue en la alegría de esos días en que fuimos hermanos.
Comentarios
Publicar un comentario