Las palabras salían tan atropelladamente de su boca que parecían tropezar unas con otras. Todos la miraban asombrados, no hacía pausas ni para tomar aire.
En pocos minutos, cualquier persona que estuviese cerca podría tener un completo resumen de su vida.
Hace más de una hora hacia un recuento de sus innumerables desencuentros amorosos. Levantaba la voz y repetía cada cierto tiempo:
- Por eso es que estoy mejor sola.
Todos hacían la larga cola bajo el sol, resignados al calor y a la interminable cantaleta de la mujer.
Si tienen un marido tienen que atenderlo, decía a viva voz, mientras sudaba sin parar.
Un hombre delgado de sombrero, cometió el error de pedirle que por favor se callara por lo menos unos minutos, sólo para que ella lo mirara con rabia y reanudara con más fuerza su discurso.
La cola no avanzaba y el martilleo de la voz de la mujer parecía golpear mi frente sin parar.
Comencé a pensar en irme para descansar, no tanto del sol como del eco de cada palabra que ya retumbaba en mi cabeza, hasta que finalmente salió un funcionario que con las manos en alto, como si enarbolara el estandarte de la sacrosanta burocracia, dijo con la expresión que sólo la indiferencia puede dar:
Por hoy no atenderemos más personas, vengan el próximo viernes.
Inmediatamente se levantó y sin hacer pausas empezó a caminar mientras sus palabras se alejaban junto con ella.

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