Confieso con toda sinceridad que no existe para mi sensación más placentera que sumergirme en el silencio. La imagen de un cuarto completamente vacío y con las puertas cerradas, me llena de paz. Pero desde hace unas semanas, no ha sido posible para mí disfrutar de este privilegio. Cada vez que me dispongo a disfrutar de la dicha de estar solo y en silencio, algún impertinente aparece de la nada a interrumpirme. En esos casos procuro disimular mi indignación para no parecer maleducado y esbozar la más fingida de mis sonrisas para entablar conversación con el intruso. El último encuentro que recuerdo fue con una señora entrada en años que hablaba sin parar y mientras trataba de seguir su monólogo, no podía dejar de fijar mi vista en su cuello, en el que una enorme verruga subía y bajaba al ritmo de la vibración de sus cuerdas vocales. Aún siento escalofríos al contarlo. Lo cierto es que hace mucho tiempo que no lograba sumergirme en mi añorado silenci...