(al compa de los Trobos)
En la mano izquierda lleva una muleta y la pequeña corneta con el micrófono colgando de un cable, con la derecha se apoya en la otra muleta.
Se aleja cómo puede de los policías que persiguen al grupo de carajitos que minutos atrás lo escuchaban, arengando a los estudiantes de Casanay contra el sistema y sus opresores.
Aún sin saber cómo, termina montado en un muro lanzando todo lo que llevaba al patio de una casa, para luego caer dentro con su maltrecho cuerpo, sobre un lecho de hojas de mango.
Cuando logra levantarse, apoyado en las viejas muletas , se tropieza con los ojos asustados de una vieja delgada que se mecía lentamente en una silla de mimbre.
La mujer le hace señas para que esconda la corneta detrás de una puerta destartalada.
Luego de obedecerla y siempre en silencio, se sienta en un tronco a esperar que su respiración se normalice. Le duelen las manos y la espalda por el esfuerzo.
Cuando logra calmarse, besa la mano de la mujer y le dice que luego volverá por el aparato, mientras va hacia la puerta y se asoma por la ventana.
Todo está en calma y no se ve a nadie en la calle.
Sólo entonces, apoyado en las muletas y empujando lentamente sus piernas maltrechas por el polio, sale a la calle y pensando en voz alta se queja.
¡ Esos grandes carajos ni siquiera me dejaron terminar el discurso!
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