Sentado detrás del volante, con la espalda apoyada en la puerta, se afeitaba mirando el espejo retrovisor.
Golpea la afeitadora contra el espejo luego de pasarla por su rostro, manteniendo una expresión muy seria, como si cumpliese una ceremonia solemne.
Con sus setenta años, ve en el espejo su incipiente barba gris y las profundas arrugas en la frente de su rostro redondo.
Al terminar su tarea, guarda la afeitadora en la guantera, enciende el carro y lentamente comienza a avanzar hacia las afueras de la ciudad. El resto de los carros va mucho más rápido que él y luego de varios gritos e insultos de los otros choferes decide pasar al hombrillo de la carretera.
Sin inmutarse, jamás lo vi molesto al manejar, enciende el radio y deja sonar la primera emisora que logra sintonizar.
La vieja camioneta va serena, como si conociese el camino de memoria.
Al llegar a un cruce en la vía , se desvia por un camino de tierra hasta detenerse en un portón de alambre de púas.
Deja el carro encendido y se baja para abrir el paso. Luego de pasar con el carro, cierra nuevamente el portón para seguir por el camino de tierra.
Al llegar a una casa de ladrillos sin friso, sale a su encuentro un hombre pequeño y de piel tostada. Usa unos pantalones de dril y una vieja camisa sin abotonar. Al caminar arrastra un pie contraído y envuelto en un pedazo de goma, amarrado con una cuerda.
Nunca le preguntó a aquel hombre, a pesar de tantos años conociéndolo, si su pie estaba así por algún accidente o era así de nacimiento.
¡Buenos días viejo! le grita sin bajarse aún del carro y este le responde sólo con un movimiento de su cabeza.
Ambos se sientan en unas viejas sillas de mimbre, tan destartaladas como la casa.
Durante un largo tiempo estan así, sin pronunciar ni una palabra mirando el patio lleno de árboles de mango y guayaba, hasta que él se levanta y luego de darle un golpe suave el hombro, camina hasta la camioneta para tomar la ruta de regreso.
Al llegar a casa se acuesta sin quitarse la ropa y luego de escupir en una lata con arena que siempre esta junto a la cama, se duerme profundamente.

Muy interesante. La capacidad del ser humano de comunicarse por otras vias diferentes al habla. Tenemos un relato con esa temática contado por Gabriela Armas entre su padre Roberto Armas Alfonzo y su tío Alfred Armas Alfonzo allá en Clarines. Cuando el escritor iba a "visitarlo" se sentaban en sendas sillas a mirar el mar y el paisaje. Eventualmente en la una o dos horas que duraba la visita soltaban una que otra frase como "y como esta fulana". Luego transcurria un largo tiempo y soltaban otra: "supiste que murió fulano". Las preguntas no eran respondidas por la via convencional.
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