Lo despertó el dolor punzante en el pecho y cuando movió la cabeza, el techo empezó a girar vertiginosamente como un gran caleidoscopio.
Logró mantener la calma y trató de respirar a intervalos fijos y cortos, hasta que el techo se detuvo.
Aún con el dolor, se levantó y caminó hasta el balcón.
En la oscuridad, las ventanas le recordaban un cuadro de aquel pintor holandés.
Se esforzó por recordar el nombre, sin éxito.
Casi era posible escuchar el rumor del agua del río, que estaba a pocos metros y la luna bañaba como un faro los árboles de la ribera, completamente quietos en ausencia de ruido alguno.
Estaba absorto en el paisaje, con las manos apoyadas en la pared, cuando la opresión en el pecho lo devolvió a la realidad.
El sudor le pegaba la camisa a la espalda.
Apoyó con más fuerza las manos en el muro y vino a su mente la imagen de aquella posada en la playa, junto a la carretera.
Sonrió al recordar que había estado junto a ella recogiendo onoto de unos árboles cercanos hasta llenar una bolsa. Al llegar a la habitación habían dejado la bolsa sobre la mesa de noche y se acostaron a dormir. Nunca supieron como, pero en la mañana siguiente la bolsa no estaba.
Reclamaron en la recepción, sin recibir respuesta y ante el temor de que el desconocido regresara nuevamente mientras dormían la siguiente noche, decidieron irse esa misma mañana a otro sitio.
Hasta el día de hoy, no tienen certeza de que pasó esa noche.
Tantos años después y con este torbellino en la cabeza, es absurdo que precisamente venga a su mente ese recuerdo en particular.
Abrió los ventanales y una leve brisa fresca le fue devolviendo el sosiego, a medida que iba sintiéndose mejor.
Luego de un profundo suspiro de alivio, recobró fuerzas y dijo en voz alta, creo que no será esta noche que te acompañe Azrael.

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