Sentado, con las manos arropando sus mejillas, observa un cuadro en la pared. Sus ojos recorren cada centímetro del lienzo, en el que una mujer de ojos oscuros y achinados, con los codos apoyados en una mesa y las manos empuñadas bajo el mentón; mira hacia afuera del cuadro. Frente a ella, un vaso derrama agua sobre la mesa.
Las imágenes parecen saltar fuera de la pintura, incluso él mismo se sorprendió revisando si el agua del vaso había mojado el piso junto a la pared.
Por un instante siente que los ojos de la mujer se hacen mas grandes, mientras que un desagradable escalofrío le recorre la espalda. Se levanta e intenta salir de la habitación, pero sus piernas están entumecidas y sus movimientos son torpes.
Cuando logra girar su cabeza hacia un lado, su mirada se tropieza con la de la joven de ojos oscuros y achinados, que con las manos empuñadas bajo el mentón le muestra una amplia sonrisa.
“Sólo el amor engendra la maravilla” Antes de separarse de ella, le quita los zarcillos. Siente un ligero temblor en la mano izquierda, mientras observa los aretes de nácar antes de dejarlos dentro del bolsillo de su pantalón. Camina una y otra vez de un extremo al otro del pasillo, hasta que el dolor en la rodilla lo hace empezar a cojear. Una hora antes, ambos entraron en el quirófano y hasta ese momento nadie había salido a informarle nada. En su camino interminable, pasa una y otra vez por la entrada de una pequeña capilla, pero se limita a observar de reojo la cruz pegada a la pared. Hace tantos años que ha renunciado a toda idea religiosa, lo que irónicamente le permite estar más calmado. Cuando el dolor en la rodilla se hace más fuerte, se sienta en una vieja silla metálica. En ese momento, cae en cuenta de que lleva dos días sin cambiarse de ropa. Unos minutos después, observa la figura de un hombre que se acerca, preguntando por algún familiar de E...

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