Tocó la puerta de la casa. Esa fue la tarde en que nació Rosario y todos estábamos frente al cuarto de Mamá, esperando.
Fue Papá quien le abrió y lo vio por primera vez. Con el
sombrero calado hasta las orejas y Rosalía tomada de la mano. El negro
Soto tendría unos 40 años y la niña 10.
Cuando Papá le preguntó que quería, él le dijo que buscaba
trabajo. ¿Que sabe hacer usted? Lo que usted pida, respondió el hombre
mirándolo fijamente.
Desde ese momento, ambos vivieron con nosotros. El negro
reparaba todo lo que fuese necesario en la casa, descargaba y ordenaba
la mercancía y ayudaba a Papá en el negocio.
Rosalía, fue el Aya de Rosario y con el paso de los años
era una hermana más. A su lado volé mi primer papagayo y trepé en todos
las matas del patio.
Cuando tuvimos edad para ir al liceo, nos mudamos a Valera. El Negro y Rosalía se quedaron en la casa vieja.
Sólo regresé al pueblo dos veces desde entonces.
La primera vez fue para el Matrimonio de Rosalía con
Ramiro. En esa oportunidad, me saltaron las lágrimas de alegría y
nostalgia al ver las altas paredes coronadas por el techo de tejas y la
quebrada que ya era un hilo de agua en el patio.
Esta es la segunda vez que vuelvo; y mientras estoy
sentado, escuchando el murmullo de los rezos y el llanto de la gente
junto al ataúd. Miro a Papá y le pregunto. Viejo ¿Cuál era el nombre
del Negro Soto? Y él me responde, luego de pensar unos segundos;
¡carajo hijo, no lo se!.
Comentarios
Publicar un comentario