Ir al contenido principal

Cuento Ajeno

Tocó la puerta de la casa. Esa fue la tarde en que nació Rosario y todos estábamos frente al cuarto de Mamá, esperando.

Fue Papá quien le abrió y lo vio por primera vez. Con el sombrero calado hasta las orejas y Rosalía tomada de la mano. El negro Soto tendría unos 40 años y la niña 10.

Cuando Papá le preguntó que quería, él le dijo que buscaba trabajo. ¿Que sabe hacer usted? Lo que usted pida, respondió el hombre mirándolo fijamente.
Desde ese momento, ambos vivieron con nosotros. El negro reparaba todo lo que fuese necesario en la casa,  descargaba y ordenaba la mercancía y ayudaba a Papá en el negocio.

Rosalía, fue el Aya de Rosario y con el paso de los años era una hermana más. A su lado volé mi primer papagayo y  trepé en todos las matas del patio.
Cuando tuvimos edad para ir al liceo, nos mudamos a Valera. El Negro y Rosalía se quedaron en la casa vieja.

Sólo regresé al pueblo dos veces desde entonces.

La primera vez fue para el Matrimonio de Rosalía con Ramiro. En esa oportunidad, me saltaron las lágrimas de alegría y nostalgia al ver las altas paredes coronadas por el techo de tejas y la quebrada que ya era un hilo de agua en el patio.



Esta es la segunda vez que vuelvo;  y mientras estoy sentado, escuchando el murmullo de los rezos y el llanto de la gente junto al ataúd. Miro a Papá y le pregunto. Viejo ¿Cuál era el nombre del  Negro Soto? Y él me responde, luego de pensar unos segundos; ¡carajo hijo,  no lo se!.

Comentarios

Entradas populares de este blog

SIMAL

  “Sólo el amor engendra la maravilla” Antes de separarse de ella, le quita los zarcillos. Siente un ligero temblor en la mano izquierda, mientras observa los aretes de nácar antes de dejarlos dentro del bolsillo de su pantalón. Camina una y otra vez de un extremo al otro del pasillo, hasta que el dolor en la rodilla lo hace empezar a cojear. Una hora antes, ambos entraron en el quirófano y hasta ese momento nadie había salido a informarle nada. En su camino interminable, pasa una y otra vez por la entrada de una pequeña capilla, pero se limita a observar de reojo la cruz pegada a la pared. Hace tantos años que ha renunciado a toda idea religiosa, lo que irónicamente le permite estar más calmado. Cuando el dolor en la rodilla se hace más fuerte, se sienta en una vieja silla metálica.   En ese momento, cae en cuenta de que lleva dos días sin cambiarse de ropa. Unos minutos después, observa la figura de un hombre que se acerca, preguntando por algún familiar de E...

ORUWA

 Son tres pares de piernas  caminando acompasados. Un hombre canoso con un bastón y dos jóvenes.  Conversan sin pausas y sus risas pueden escucharse a varios metros. El muchacho de cabello oscuro es quien habla  menos fuerte pero sus ojos café parecen gritar su alegría y se mantienen muy abiertos.  El sol de la tarde proyecta sus largas sombras que bailan en el suelo.   El joven de grandes ojos grises y cabello rizado gesticula y mueve sus brazos como molinos mientras cuenta una historia fantástica que desata nuevas carcajadas. Mientras el hombre del bastón los observa a ambos en silencio. Avanza la tarde y la luz es cada vez más tenue.  Los tres siguen caminando hasta llegar a un gran tronco tirado en el piso donde se sientan a descansar. Con los últimas luces del día me percato que sólo dos personas se levantan y el hombre del bastón desanda el camino junto al joven de ojos grises, con la alegría convertida en nostalgia.

El piriteño

Corre el niño hacia el anciano, cuando ve que está despierto. Se sienta a su lado en el chinchorro, luego sobre sus piernas y le pregunta por lo que soñó. El viejo sonríe e inmediatamente sale de sus labios una aventura maravillosa; la más hermosa que haya escuchado el nieto. Jamás repite una historia y la siguiente siempre supera a la anterior. En el momento que el pequeño ríe a carcajadas,  el ruido del viento en la ventana me despierta.