No
eran más que un puñado de ranchos de barro y cañas, dispuestos con
sus techos de palma y zinc en tres polvorientas calles junto al
playón del río. En el centro, la plaza coronada por sus cuatro
matas de mango centenarias y su pedestal vacío, que esperaba desde hace
años la llegada del busto del Padre de la Patria.
La
única construcción sólida era la iglesia. A pesar de la
considerable altura del techo, el calor sofocaba. Ni siquiera el
impetuoso aleteo de los abanicos de las mujeres refrescaba el lugar.
Frente a la feligresía, el padre Carranza, con su sotana remendada y
vuelta a remendar; mostrando las secuelas de la viruela estampadas en
su rostro, dirigía la ceremonia.
Goterones
de sudor recorrían su frente, sin embargo, aquel domingo arengaba
cómo nunca a sus feligreses desde el púlpito, con tanto ímpetu que
hasta los santos con sus miradas tristes y ropas desteñidas parecían
prestar atención a sus palabras.
Era
Carranza un cura peculiar, cantaba en las fiestas acompañándose de
una guitarra, organizaba las partidas de dominó los sábados después
de las clases de catecismo y de vez en cuando se toma algunas
cervezas en el bar de Alí. Le faltaban dos meses para romper el
record de estadía de un sacerdote en el pueblo desde la muerte del
padre Gerardo. Los cuatro anteriores no soportaron el tedio y el
calor de aquellos pantanales. El último se quedó para siempre
hospedado en el camposanto , después que lo encontraron retozando
con una de las hijas del Jefe Civil.
Cada
domingo, después de la misa, el cura pasaba por la Zapateria de
Fabricio a tomar café y filosofar durante horas, rodeados por los
estantes atiborrados de zapatos desde el piso hasta el techo del
estrecho cuarto y un viejo ventilador luchando con sus aspas contra
el sopor del medio día. Detrás del mostrador de vidrio, aquel
hombre sin edad, con gruesas cejas y una sonrisa eterna en el rostro,
se alegraba con esa visita; la única que recibía los domingos.
Sentados
en taburetes de madera, conversaban hasta bien entrada la noche.
El
último domingo que se encontraron, le comentó al cura sobre un
sueño recurrente que tenía desde hace varios años.
Fíjese
Padre, en el sueño estoy parado en la calle en mitad de la
madrugada, bajo una lluvia constante que me golpea la cabeza y los
hombros con sus gotas como piedras. De repente, empiezo a correr sin
rumbo, abriéndome paso entre la cortina de agua que parece querer
detenerme. Cada paso que doy, el fango acumulado en pies me hace ir
más lento y es en ese instante cuando observo a lo lejos la silueta
de un hombre sin camisa, con un gallo bajo un brazo y un puñal en la
mano izquierda. Empiezo a caminar hacia él, pero al irme acercando
mi espalda comienza a doblarse y el cuerpo se me va acercando más y
más al suelo. Minutos después, estoy con el pecho pegado a la
tierra, moviendo mi cabeza y resoplando.
Por
más que lo intento, no logro levantarme y empiezo a escuchar unos
pasos que se acercan. Segundos después deja de llover y logro ver la
punta del puñal que viene hacia mi garganta. En ese momento me
despierto gritando.
-
Y, ¿desde cuando tienes esos sueños?
-
No puedo decirlo con seguridad, pero hace varios años. Más de los
que quisiera, porque siempre que los tengo paso el resto de la noche
en vela.
Son
vainas tuyas chico, eso te pasa por prestarle atención a los cuentos
de sobre los pleitos de gallos. Ya me tengo que ir, déjate de
pendejadas, préndele una vela a San Andrés y verás que duermes
mejor.
Semanas
después, el pueblo estaba luciendo sus mejores galas, la plaza llena
de banderines de colores, esperaba aquel día la llegada del anhelado
busto del máximo prócer de la nación. Todos los habitantes,
vestidos con sus trajes domingueros conversaban en medio de la
música. Hasta el padre Carranza había planchado su mejor sotana, la
que se pone cuando va a visitar al Obispo en la capital.
-Caramba
padre, esa sotana todavía huele a naftalina. Usted como que no se la
ponía desde el seminario.
-
Que buen humor tienes hoy Fabricio, supongo que aceptaste mi
recomendación y dormiste mejor anoche.
-
No hizo falta padre, aunque sin vela ni oración, anoche dormí
tranquilo.
Después
de esperar toda la mañana y parte de la tarde, al telégrafo llega
la noticia. En mitad de la travesía, se descarrilo al tren que venía
hacia el pueblo y fue imposible encontrar el busto en medio del
desastre de los vagones volcados.
Luego
de recibir la noticia, desconcertados fueron regresando todos a sus
ocupaciones , no sin antes cambiarse de ropa y guardar la que traían
puesta para la misa del próximo Domingo.
Ya
en su habitación, Carranza observa al cristo colgado en la pared y
se pregunta porque extraña razón la plaza de Heredia, sigue
destinada a continuar con su pedestal desnudo al sol. Mientras en
algún lugar desconocido, aquel rostro de bronce observa impávido la
selva.


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